18/11/08

Nada

Dos cascos de azul eléctrico no significan nada, a menos que las espuelas golpeen duro, muy duro, los lomos.

Los animales vacilan. Vacilan las ideas, la vista y el terso pelo de la liebre que viene, que vuelve y que burla esos bordes tan finos..., tan finos..., tan finos como veloz es el cuento que cuenta, de a ratos, la oveja que atraviesa, vacilante, sin descanso, esa fila india que es la sucesión de pensamientos cuando en mente ya no hay nada (nada) más que sueño y residuos de los días que no fueron lo esperado y, sin embargo, el deseo que perdura. Más.

Es el golpe de suerte, tirar los dados en un cubilete dorado y cerrado que en una partida se pierde, que en otra se gana como un pensamiento que corre dormido en frasecitas cortas, como polvitos, acumulados entre los pliegues de los bolsillos, cerrados, como cascos, como plomos, como dados duros y azul de montar.

Y a la mañana, entre golpes secos y sueños oscuros, los ladrillos se apilan en las profundidades de un río, azul, descubierto, marino. ¿Más real que lo esperado? Cosas concretas. Cosas soñadas.

¡Es el toc-toc de las olas!
El martilleo marino del pensamiento en su sangre cuando corre, cuando fluye como caballos agitadísimos que, a posteriori, cuando su jadeo triunfal en un casco plateado en un taco a mitad de camino bombee como un corazón que de duro no tiene nada, que no significa nada, más que un parate a mitad del día, a mitad de la costa marina que de azul ya no tiene nada y, sin embargo y por algo, fluye.

Y así se muestra. Por no perder el contacto terroso con el pensamiento profundo de los fondos, de los lechos finales del río donde el agua vacila quejosa en su cauce y en su historia secada a la luz del sol, con arrugas que marcan los pliegues de algún mecanismo ancestral y vivo, enorme, y un polvo que queda adherido a los lomos de un animal que sigue furtivo el camino animado del pensamiento perdido que, por demasiado humano, no encuentra las llaves que abran el cauce a la parte continua del agua que fluye inconsciente en un poro que encuentra, en un flash, un choque pequeño y certero y que vibra en un rayo agitado por esas masas de agua que vacilan y vacilan y vacilan sin más.

Aguas claras, aguas turbias. Aguas que barren de un solo y furioso y certero golpe los lomos más confundidos del pensamiento y se anclan, sin más, en el recuerdo y/o el deseo de otra partida mental menos fragante que la hecha. Hasta el momento.

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