21/9/08

Literatura

Hay dos maneras de hacer literatura. Una es con la cara, luchando incansablemente contra el pelo que se viene de nuevo, y otra es hacia lo desconocido del paisaje, o hacia los mecanismos que están ahí, nivelándose/novelándose todo el tiempo. La literatura no me importa en sí, por esa cuestión, sino más bien por ese sueño compacto que es la visión y el golpe de vista cuando trabajan juntos e inesperadamente. Algo así como ciervos cayendo doloridos por la ladera de la montaña, o una impresión que no deja de ser mía y, de todas maneras, irriga. Digamos que, cuando bombea el corazón, pasan varias cosas al mismo tiempo, que una no alcanza a percibir pero que sabe que pasan. Entonces no dejo de pensar ni un segundo en eso de estar susceptible a los cambios, y a la peste, y a todas esas versiones de las que alguna vez creí estar a salvo. Sin embargo, cada día confirmo más el parecer de: antes hubo burbujas, después jabón, más tarde nos bañamos en la pileta y ahora, cuando me siento un rato al borde a descansar, me cuesta cerciorarme de que eso que hay enfrente es solamente agua.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

para cersiorarse basta oir a un ahogado

me gustó mucho

jorge dijo...

fui el anónimo sin ánma